lunes, 17 de abril de 2017

Guatemala: ¿Salud mental? (I)

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Foto: AP

POR MARCELO COLUSSI 

Si entendemos por salud mental un «adecuado y productivo equilibrio con el medio», puede verse que en nuestra cotidianidad hay innumerables factores que conspiran contra ello.

Por lo pronto, el 59% de la población presenta grandes índices de pobreza en sus poblaciones (tomando los estándares fijados por la Organización de las Naciones Unidas, con dos dólares de ingreso diarios). A ello debe agregarse que el país proviene de una gran guerra interna que dejó saldos tremendos tanto en pérdidas humanas (muertos y discapacitados) como en daños materiales. Conflicto que, en general, ha sido muy poco abordado como factor que afecta la salud mental de las poblaciones en el mediano y largo plazo, por lo que sus efectos aún perduran y provocan que en la sociedad guatemalteca actual se encuentren altas cuotas de violencia, expresadas de distintas maneras, lo que también conspira contra un clima de salud mental.

Una sociedad empobrecida, violentada, que proviene de una experiencia bélica tremenda y con una profunda historia de autoritarismo a sus espaldas (formas de gobierno autoritarias en las que predominaron dictaduras militares, así como relaciones sociales también marcadas por el autoritarismo vertical, el patriarcado, el adultocentrismo y la homofobia), atravesada igualmente por un racismo furioso: todo eso da como resultado unas condiciones de vida que no propician precisamente la armonía, la paz social, el bienestar.

Sabiendo de lo complejo del tema de la salud mental (noción mucho más político-social, ideológica y cultural que biomédica), tratando de entender por ella el «sano y productivo relacionamiento con el medio circundante», es evidente que sobran motivos que van contra ella. Si salud mental de alguna manera tiene que ver con ser medianamente feliz, con poder resolver productivamente los problemas de la vida, con autorrealizarse, es evidente que en el país todo eso es bastante difícil, por no decir casi quimérico. «En Guatemala, solo borracho se puede vivir», expresó alguna vez el premio nobel Miguel Ángel Asturias. No se equivocaba.

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Rápidamente hay que despejar un equívoco: la salud mental no está asegurada solo por una sumatoria de condiciones materiales concretas. Tener resueltas las necesidades básicas, vivir en un entorno agradable, comer todos los días: todo eso constituye una condición indispensable para la calidad de la vida, pero no asegura por fuerza que, aun teniéndola, alguien no presente problemas ligados a lo que llamamos salud mental. ¿Se puede prever o incluso asegurar que alguien no se deprima, no se angustie, esté libre de conflictos, no transgreda normas, no presente síntomas e inhibiciones, en algún momento no le encuentre sentido a su vida, no abuse de sustancias psicotrópicas o esté libre de prejuicios?

La atención primaria es el mejor camino para promover la salud. Desde la histórica conferencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de Alma-Ata, Kazajistán, en 1978, ese es el camino trazado para promoverla y que los países que presentan los mejores índices han seguido. La pregunta abierta es cómo plantearse esta estrategia cuando se trata de salud mental. Sin dudas, eso es difícil. Si algo podemos aportar al respecto es dejar indicado que una atención que no niegue ni tape los conflictos en la esfera psicológica debe apuntar a hablar de ellos. Por ahí debería ir la cuestión: no estigmatizar los problemas (comúnmente llamados, quizá de forma incorrecta, mentales), sino permitir que se expresen. Dicho en otros términos, priorizar la palabra, la expresión, dejar que los conflictos se ventilen. Esto no significa que se terminarán las inhibiciones, la angustia, el malestar que conlleva la vida cotidiana, las fantasías, los síntomas. ¿Cómo poder terminar con ello si es el resultado de nuestra condición? La promoción de la salud mental es abrir los espacios que permitan hablar del malestar. ¿Qué significa eso? No que podamos llegar a conseguir la felicidad paradisíaca, a evitar el conflicto, a promover la extinción de los problemas. En tanto haya seres humanos habrá diferencias, y eso es ya motivo de tensión.

Pero la visión biomédica (y comercial) del asunto no va por ahí, sino que medicaliza/biologiza el malestar y lo tapa con fármacos. Tenemos entonces un planteo puramente asistencial, pero falta lo más importante: la dimensión preventiva.

Para decirlo con palabras textuales de quienes investigaron hace algún tiempo el tema y aportan datos precisos, citamos un estudio de la OMS y de la OPS (Organización Panamericana de la Salud) de 2006[1] referido a Guatemala, Nicaragua y El Salvador. Puede leerse allí: «Actualmente no existe una política ni legislación sobre salud mental, pero sí planes para la implementación de acciones de salud mental [y algunas acciones específicas como] intervención en desastres». Esto indica desde ya una posición definida respecto al campo en cuestión: la salud mental importa poco o no importa. Se mueve reactivamente, según mitos y prejuicios ya establecidos, sin hacerse necesario un instrumento jurídico que la enmarque.


De hecho, es el pariente pobre en el campo sanitario: «De los gastos de salud, solo el 1% está destinado a salud mental. Y de este, alrededor de un 90% o más está destinado a gastos de hospitales psiquiátricos»[2]. No caben dudas de que sigue primando una visión psiquiátrico-manicomial del asunto y de que todo lo que tenga que ver con atención primaria, prevención y promoción queda solo como declaración, como algo más cosmético que efectivo. La salud mental se sigue viendo en términos de enfermedad: es sano mentalmente el que no delira. Una cuota de malestar intrínseco a la civilización y el conflicto como dimensión normal de la dinámica humana no existen en esta cosmovisión. Prima la visión biológico-estadística que busca silenciar el disturbio, lo anormal. De ahí la importancia del manicomio, de la reclusión, del abordaje curativo (por cierto, con métodos cuestionables, como la hipermedicación, el electrochoque e incluso el manual de auto ayuda que brindaría el camino a la supuesta felicidad).

Continuará...

***
[1] Organización Mundial de la Salud / Organización Panamericana de la Salud (2006). Informe sobre los sistemas de salud mental en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Managua: OMS/OPS.
[2] Ídem.

Artículo publicado en Plaza Pública el 17/4/17

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Marcelo Colussi     PLATIQUEMOS UN RATO   


Argentina (1956). Estudió Psicología y Filosofía. Vivió en varios países latinoamericanos y desde hace 20 años radica en Guatemala. Investigador social, psicoanalista y además escribe relatos, con varios libros publicados. Foto: aporrea.org


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viernes, 7 de abril de 2017

La colonización de la escuela




Foto: Another brick in the wall (1979), Pink Floyd


POR LENINA GARCÍA  

Ese día entré a la tienda y saludé a Gumercinda. Pedí como de costumbre el pache del jueves y sin proponérnoslo el tema de conversación fue la Semana Santa. Gumercinda me preguntó sobre mis planes para estas fechas. Le dije que simplemente quería descansar y evitar las aglomeraciones. Ella me contó que viajaría para “su tierra” a visitar a su abuela. Después, me contó que en el instituto donde estudia los básicos solicitaron a todos los alumnos participar en un Vía Crucis de forma “obligatoria”. Me confesó que jamás había participado en un acto así. Veía que todos se hacían una cruz en la frente y ella no sabía si hacer lo mismo. Rezaban oraciones que desconocía. Se sintió incómoda. Entonces nos quedamos hablando un par de minutos sobre el tema. Así fue como supe que su familia era protestante y que ella aún no sabía “qué era”. 

Los colonizadores del pensamiento

¿Vía Crucis en un instituto público? ¿Religión en las aulas, cuando desde 1871 se dio la separación Iglesia-Estado?

En distintos momentos de La historia de la educación de Guatemala, algunos gobernantes modificaron la ley para que la educación tuviera influencia religiosa. En 1852, Rafael Carrera aprobó la Ley de Pavón en la cual “se esfuma la libertad de enseñanza y se instaura la educación de tipo confesional”[1]. En 1954, con la Contrarrevolución del Gobierno del general Castillo Armas, “se incluyó la educación religiosa, resquebrajándose así el principio de laicidad”[2]. Inclusive, en el año 2016, el diputado Marvin Osorio impulsó la aprobación de una Ley para promover la lectura de la Biblia en las escuelas aduciendo que eso ayudaría a reducir los problemas que hay en el país. Y por qué no decir toda la influencia de la invasión española, en la que se sometió a las poblaciones indígenas a modificar sus creencias por la vía violenta y convertirse al Cristianismo. 

No es casualidad que en pleno siglo xxi aún existan sectores del  país que quieran utilizar la escuela como un espacio para colonizar la mente de la población. Nuestra historia está marcada por cicatrices de violencia y sometimiento. 

¿Puede aprender un niño o niña con el yugo colonizador de alguien? ¿En qué momento le preguntan a un joven en qué cree, cuál es su concepción del mundo? ¿Acaso las más grandes guerras no se han provocado por fundamentalismos religiosos?

Lee también: “Fe (o cómo ateos y religiosos hacen paz en escuelas)”


¿Por qué una educación laica?

La tarea de la escuela no es enseñar una sola corriente de pensamiento a los niños y niñas. Su misión es promover una cultura universal que responda a los más altos principios éticos, humanos y científicos. Tener una mirada amplia y no “absolutista” de la realidad le dará a la niñez y juventud las herramientas para fortalecer el respeto, el diálogo, la libertad de expresión. 

Guatemala cuenta con una amplia legislación que hace énfasis en la importancia de una educación incluyente y diversa. 

Un referente de ello es la Reforma Educativa, que nace del seno del Acuerdo sobre Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas y se concibe como “un proceso político, cultural, técnico y científico que se desarrolla de manera integral, gradual y permanente e implica transformaciones profundas del sector y sistema educativos, de la sociedad y del Estado”.[3]

Entre esas transformaciones se plantea: “Incluir en los planes educativos, contenidos que fortalezcan la unidad nacional en el respeto de la diversidad cultural"[4]. En el Marco Filosófico de la misma, contempla: El reconocimiento y valoración de Guatemala como Estado pluriétnico y multilingüe que refleje la diversidad cultural y responda a las necesidades y demandas sociales de sus habitantes. 

No se puede hablar de democracia o de respeto a la diversidad cultural, mientras en la escuela se siga homogeneizando el pensamiento de los niños y niñas. Guatemala cuenta con 4 culturas distintas (Maya, Ladina, Xinca y Garífuna), la mayor parte de la población es indígena y se cuenta con más de 22 idiomas mayas. La educación debe responder a ese contexto diverso y plural y no solo a un pensamiento ladino y judeo-cristiano

Es inconcebible que en la actualidad se sigan repitiendo esos patrones de la Época Colonial, donde el maestro obligue a los estudiantes a profesar o practicar alguna religión. Por eso la importancia de una educación laica, que defienda la libertad de conciencia, lo cual no es sinónimo de anti-religión, sino de separar lo público de lo privado. 

Como diría el Comandante Marcos: “El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos. La patria que construimos es una donde quepan todos los pueblos y sus lenguas, que todos los pasos la caminen, que todos la rían, que la amanezcan todos”.   


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De-colonizar la educación

Después de escuchar a Gumercinda sobre su experiencia en el instituto, le dije que viera el lado positivo de las cosas y que se quedara con el aprendizaje de haber conocido parte de la religión católica y los ritos que practican, ya que tienen una forma peculiar de arte y cultura. Gumercinda frunció el ceño y me preguntó: “Pero entonces, ¿quién es Dios?”. Sin saber exactamente cómo reaccionar, le dije: “Durante toda la historia, el ser  humano ha tratado de darle un nombre a “eso” que no puede explicar. “Eso” es una energía, un sentimiento, una especie de fuerza que habita en nosotros y en la naturaleza. Algunos le llaman Dios, otros Ajaw (…) Lo importante no es cómo se llame, sino que vos encontrés una forma personal de conectarte con esa energía. Quizás nunca sepamos quién es Dios realmente, pero para eso existen las preguntas. Y por favor, nunca dejés de hacértelas...”.  


[1]González Orellana, Carlos (2007).  La Historia de la Educación en Guatemala. Guatemala. Editorial Universitaria. Pág. 161.
[2] Ibídem. Pág. 417.
[3] Comisión Paritaria de Reforma Educativa (1998). “Diseño de Reforma Educativa”. Guatemala. Pág. 59.
[4] Acuerdo sobre Identidad y Pueblos Indígenas (1995). México D.F. 


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JUEVES DE PACHES (O DIÁLOGOS CON GUMERCINDA)


Educadora, feminista y escribana. Mi actitud frente a la vida es aprender
(Gumercinda –personaje ficticio- trabaja en una tienda de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala. Es de Quiché y hace cinco años migró con su familia a la capital en búsqueda de mejores oportunidades. Estudia en un instituto público por las tardes y por la mañana se dedica a la venta. A sus 15 años, es una joven adelantada a su tiempo. Los jueves, Gumercinda vende paches y yo compro el mío sin falta. Esta columna de opinión surge de nuestras conversaciones cotidianas y lo que dos jóvenes de distintas generaciones se cuestionan de la vida). 


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